Las migrantes en Europa son afectadas particularmente por la crisis.
Pero sus particularidades muchas veces son mal vistas, incluso, por
sectores feministas. Les critican a las latinas usar minifalda o a las
musulmanas cubrirse la cabeza. Por eso, Vanesa Vásquez Laba propone una
mirada no sólo con perspectiva de género sino también anticolonial para
darles voz a las más silenciadas.
“La ausencia femenina, la voz ausente (fagocitada) de las mujeres
(indígenas, afros, migrantes) es una forma de colonialismo discursivo:
cuando las voces de las mujeres no aparecen, son fagocitadas o
representadas y cuando lo hacen deben pedir permiso”, remarca Karina
Bidaseca en el prólogo “Mujeres color café en las geografías
racializadas”, del libro Voces desde los márgenes, mujeres inmigrantes,
violencia y ciudadanía en Mallorca, España, de Vanesa Vásquez Laba (como
directora), Marielva Rísquez Buonaffina y Romina Perazzolo.
“Yo creo que el gran desafío del feminismo es tener la capacidad de
escucha en la diferencia”, dispara Vásquez Laba. Ella es socióloga,
doctora en Ciencias Sociales, investigadora del Conicet, Profesora de la
UBA y la Universidad de San Martín, militante de la Campaña por el
Derecho al Aborto Seguro, Legal y Gratuito y colaboradora de Católicas
por el Derecho a Decidir. La respuesta parece sencilla, pero no lo es
cuando una mujer no responde al prototipo de autonomía que los
feminismos esperan o simplemente quiere ponerse un velo en la cabeza.
Desde esa frontera de la tela se hilvanan nuevos prejuicios o antiguas
opresiones que se conjugan en la multiculturalidad de ir a buscar el oro
y el moro a España y encontrarse con prejuicios y crisis.
¿Cómo empezaste a investigar a las migrantes en España?
–Me gané una beca para hacer una investigación del Conicet en el
exterior. La Universidad de las Islas Baleares nos financió un proyecto
sobre inmigración de mujeres en Mallorca. Esa zona tiene una historia
migrante importante porque la actividad que la dinamiza es el turismo.
Todo lo que es hotelería y servicios requiere de mano de obra barata y
de baja calificación. Ahí llegan mujeres para el servicio doméstico, el
cuidado de niños y ancianos y el trabajo en hotelería. Es un mercado ya
segmentado por género y subsegmentado por raza, etnia o nacionalidad. La
división sexual internacional del trabajo está subdividida al interior:
las bolivianas hacen una cosa, las paraguayas otra y las argentinas
otra.
¿Cómo son las diferencias por etnia o nacionalidad?
–Nosotras tomamos del sociólogo colombiano Santiago Castro Gómez el
término “dispositivo de blanquitud”, que tiene que ver con cuánto se
acercan las mujeres al modelo de mujer blanca, europea, de clase media,
letrada en su aspecto. Según sus actitudes, su forma de ser y su forma
de hablar, las posibilidades laborales y de inserción son mayores que
las que están más lejos de ese dispositivo, como las paraguayas o
bolivianas que portan rasgos indígenas.
¿Las argentinas tienen más aceptación?
–Sí, como las uruguayas.
¿Existe discriminación entre migrantes?
–No, vimos una fuerte solidaridad. Sí existe una fuerte
discriminación de la sociedad española con las migrantes. Hemos recogido
relatos espeluznantes de discriminación muy de servidumbre, de no
compartir la mesa. El trabajo doméstico se convierte en un trabajo
servil, no regulado y muy precario: las mujeres podían salir poco de las
casas. Pero entre las mujeres migrantes hay mucha solidaridad. Nosotras
pudimos ver la identidad latinoamericana.
¿Qué pasa con las musulmanas?
–Tomamos a las musulmanas del Norte de Africa: Marruecos, Ghana,
Argelia, Africa Subsahariana. Con ellas fue otro abordaje metodológico,
el impedimento que teníamos era la lengua porque, salvo las marroquíes,
que algo de español conocían, las del resto de Africa hablan muy poco
español y algunas inglés, y si no sus dialectos, que son bien variados.
¿Hacen los mismos trabajos que las migrantes latinas?
–A las africanas las llaman para los trabajos –siempre dentro de la
hotelería– más de fuerza física, porque está la concepción de que la
negra es más fuerte. Son las lavacopas, por ejemplo. No tienen movilidad
social. Y son absolutamente discriminadas para cuidar niños. Hay
testimonios que dicen “porque los niños se asustan de las personas
negras”. Quedan afuera de los trabajos domésticos dentro de las casas
porque no manejan el idioma y por el miedo a la negritud.
Para el
cuidado de los niños toman a colombianas o dominicanas, porque tienen un
castellano muy parecido al de España, a diferencia de las argentinas.
De ellas les molesta, para algunos trabajos, que no pronuncian la doble
ele, lo que se convierte en un mecanismo de discriminación. El uso de la
lengua ya es racismo bien evidente. Pero hace un año y medio había
políticas de multiculturalidad e integración. Esto cambió abiertamente y
hoy los migrantes no tienen cobertura sanitaria. A ese punto.
¿Hasta qué grado influyó la crisis?
–Viene afectando a las migrantes hace unos años y hoy son el sector
más vulnerable, son las que no encuentran trabajo, son las que sufren
situaciones laborales extremadamente precarias de jornadas de 15 horas y
de gente que no tiene red social. Y las mujeres son las más afectadas
en esta situación, porque generalmente están a cargo de los hijos.
¿Y cómo puede afectar a las mujeres la decisión de cortarles el acceso al sistema de salud?
–Antes tenían acceso a tratar una enfermedad y ahora tienen que
pagar para acceder al servicio de salud. Quedan por fuera de la
cobertura y realmente es una situación de expulsión, porque no hay
protección de ingresos de ningún tipo. Acá, en el 2001, quien no
ingresaba al mercado laboral se creaba una changa, las mujeres hacían
tortas, artesanías, pan, tiraban una lona y algo vendían y traían algún
dinero para solventar la olla de dos días. Pero en España el trabajo
informal está absolutamente prohibido. No hay posibilidad de una changa
para poder darles de comer a sus hijos.
¿Ya se ven migrantes que están volviendo a Latinoamérica?
–Sí. Todas tienen en el horizonte volver. Migrar tiene que ver con
un componente que te impulsa por la superación laboral y de calidad de
vida y un componente personal. Las mujeres nos hablaban de la necesidad
de un trabajo y de ayudar a las familias, porque en sus países de origen
no encontraban empleo, pero también la posibilidad de ser autónomas.
Estas mujeres no son las mismas antes de migrar que una vez que pasaron
por ese proceso. Tienen lo que las feministas llamamos empoderamiento.
Hay un proceso de tomar decisiones, de autonomía, que las hace más
fuertes. Muchas querían volver en diez años, con dinero para hacerse una
casa o poner un negocio. Pero ese plazo se les acortó. Otras están
resistiendo.
¿Cómo es la vuelta?
–La gente en el país de origen creía que la estaban pasando bárbaro.
Y no que tienen jornadas de 15 horas durante 5 meses y después pierden
el trabajo. Hay un imaginario entre sus amigos y familiares que se
fueron a hacer la gran Europa. Resistían volver sin haber cumplido su
objetivo o porque habían tenido hijos y los habían criado allá. Todas
estas mujeres o su mayoría, salvo el caso argentino, son mujeres solas
que dejaron a sus hijos muy pequeños al cuidado de sus madres, que los
criaron por Skype o por teléfono, que mandaron dinero para que sus hijos
se eduquen y que han estado distanciadas cuatro o cinco años. Pero no
vimos resentimiento. Algunas volverían a migrar, otras no y otras en
diferentes condiciones. Pero sí escuchamos la denuncia de la
discriminación, que fue creciendo en la medida en que fue creciendo la
crisis.
¿Por qué las argentinas son diferentes?
–El éxodo del 2001 fue una migración casi familiar, con papeles y
con algún tipo de vínculo con España y, salvo las más jóvenes, no se
fueron solas. De acá no emigró clase popular, sino la clase media. En
otros países, como Bolivia, Ecuador o República Dominicana migraron los
sectores más pobres. Los testimonios muestran que juntaron durante dos
años para pagar un pasaje. Son sectores rurales o de pequeñas ciudades.
El caso argentino fue muy distinto.
¿Por qué la violencia de género es mayor en las migrantes?
–Hay todo un debate en el feminismo español que dice que aumentó la
violencia machista desde los procesos migratorios o es más fuerte en los
colectivos migrantes. Yo creo que España tiene una historia de
violencia estructural, patriarcal, importante. El franquismo fue una
época nefasta que no ha sido revisada todavía en cuanto a buscar verdad,
memoria y justicia. España tiene una historia de violencia machista. El
movimiento feminista español fue muy fuerte en cuanto a que las jóvenes
tienen mucha conciencia de género y a sus derechos reproductivos y
sexuales. Es una sociedad en donde el feminismo ha calado. Por eso se
denuncia y hay política pública fuerte. Frente a este panorama también
se ha radicalizado la violencia en España. Los hombres no aceptaron
amablemente ese límite y ser denunciados como machistas. Eso ha generado
situaciones muy complejas.
Existe una avanzada del Estado y de la
sociedad civil, pero en la España profunda ves relaciones medievales
donde los hombres maltratan a las mujeres en términos de mi abuela. Hay
una masculinidad que no ha acompañado los avances. Es verdad que el
discurso feminista no caló tan hondo en las migrantes. Nosotras tratamos
de decir “ojo con imponer recetas a las otras mujeres” desde un
feminismo postcolonial. Las migrantes no tienen la actitud de las
españolas. No ponen los límites de las españolas. Esa sociedad no está
mirando las diferencias entre las mujeres. Este libro quiso discutir un
poco el concepto de violencia de género, porque el concepto de violencia
es más amplio que la violencia machista.
Las españolas solo apuntaban a
la violencia machista y a acusar a las migrantes que no denunciaban a
los varones por pegarles. Pero las migrantes sufren más en la calle, el
trabajo, el supermercado que por el maltrato del marido. No se sienten
identificadas con el discurso feminista porque las mismas que tienen un
discurso de violencia de género son las que ejercen violencia racial en
sus casas.
¿Y cuáles serían los límites de la multiculturalidad?
–Hay que diferenciar entre el velo y la mutilación y hay que
escuchar a las propias mujeres. Yo creo que el gran desafío del
feminismo es tener la capacidad de escucha en la diferencia. Ver qué
denuncian y cómo ellas pueden subvertir esa situación de dominación y
opresión. El discurso de “se tienen que emancipar de esta manera” fue
muy contraproducente. Por ejemplo, querer quitarles el velo a las
musulmanas cuando la concepción que tenemos las occidentales de ocultar
el cuerpo es absolutamente distinta generó rechazo. Ellas no piden
ayuda. Piden que las escuchen.
Piden una construcción colectiva con
participación en la emancipación, si no se plantea una relación de
dominador-dominada. Hay una frase muy interesante de una mujer musulmana
que dice “La mujer española piensa que se liberó porque se quitó ropa.
Cuando llegué a España me ajusté más el pañuelo”. En este contexto, el
pañuelo es un símbolo de resistencia contra el imperialismo occidental
de mujeres y varones.
Hay que escuchar sus otros valores y no pensar que
la otra es una incapacitada social. A las musulmanas las discriminan
por usar velo. Mientras que las latinoamericanas dicen “nos tienen
desconfianza porque nos pintamos mucho o usamos minifalda”. No aceptan
la diferencia. Y la diferencia siempre da miedo. No conocer cómo es la
otra genera incertidumbre.